Cómo viajar a bordo de un cometa y no morir en el intento


Las hazañas narradas en el post anterior corresponden, como era obvio, a la novela de Jules Verne titulada Hector Servadac, escrita entre 1874 y 1876. Considerada como una de las más fantasiosas del autor francés, el libro cuenta las peripecias del capitán del ejército galo Hector Servadac, su ordenanza Ben-Zuf, el conde Wasili Timascheff y otra serie de personajes de lo más variopintos que van apareciendo a medida que transcurren las páginas.

Todos los fenómenos extraños que observan Servadac y su compañero tras recuperarse de la explosión que los deja sin sentido se deben a un increíble suceso, como se descubrirá más adelante en la novela gracias a la aparición de un antiguo profesor del capitán francés, el huraño Palmirano Rosetta (traducción española de Palmyrin Rosette, en la edición original francesa), el cual, al hallarse perdido, arroja periódicamente mensajes al mar encerrados en botellas o sujetos a las patas de palomas donde describe sus descubrimientos y cálculos acerca de lo que él cree que está sucediendo y que no es otra cosa que un terrible cataclismo. Efectivamente, un cometa bautizado por el mismo profesor Rosetta como Galia ha colisionado contra la Tierra llevándose consigo a nuestros protagonistas (¿!) quienes se encuentran actualmente viajando hacia las profundidades del espacio interplanetario.

El texto, como era costumbre en Verne, rebosa de buena ciencia y muchas de las afirmaciones están rigurosamente basadas en el conocimiento científico de la época. Sin embargo, en esta ocasión, el escritor no contó con el asesoramiento técnico de su colaborador habitual, su primo Henri Garcet, fallecido unos años antes. Por ello, existe en la novela un error de bulto y que no desvelaré hasta el final. Permitidme que antes discuta algunos otros detalles no carentes de interés.

¿Por qué percibían nuestros sorprendidos amigos, el capitán Servadac y Ben-Zuf un horizonte mucho más cercano de lo habitual? Si echáis un vistazo a este artículo de la Wikipedia no tendréis dificultad alguna para deducir que si, efectivamente, el horizonte a bordo del cometa Galia se ha acortado hasta la cuarta parte aproximadamente del que sería observable en la Tierra (recordad los 10 km que divisaban Servadac y compañía en lugar de los 40 km esperados, en el post anterior), entonces el radio de aquél debe de ser la dieciseisava parte del radio terrestre, es decir, unos 400 km. Nuestros intrépidos protagonistas, en misión de exploración por su nuevo mundo recién adquirido, recorren una distancia estimada de unos 2320 km hasta regresar a su punto de origen. Como ellos mismos suponen una forma esférica para el cuerpo celeste a bordo del que viajan, deducen que su diámetro no debe ser superior a 740 km, un dato que encaja a la perfección con el valor estimado anteriormente con ayuda del horizonte.


En otro momento de la novela, el indescriptible Palmirano Rosetta hace uno de sus sorprendentes descubrimientos. Galia está constituido por un núcleo de telururo de oro (AuTe2), un mineral denominado calaverita en la Tierra, cuya densidad es conocida y resulta ser de aproximadamente 10 veces mayor que la del agua. En palabras del propio profesor (las negritas son mías):

Siendo la densidad de la Tierra de unos cinco kilogramos (sic), la de Galia es el doble de la de la Tierra, pues vale diez. Sin esta circunstancia, la gravedad, en lugar de ser una séptima parte de la de la Tierra, en mi cometa sería una decimaquinta parte.”

He aquí otro ejemplo de buena física. La gravedad de un cuerpo esférico resulta ser directamente proporcional al producto del radio del cuerpo por su densidad. Como ambos eran conocidos para el profesor, resultaba elemental deducir el valor de la intensidad del campo gravitatorio del cometa. Si la densidad de Galia es el doble de la terrestre y su radio la dieciseisava parte, se concluye que la gravedad del cometa será la octava parte de la que nos sujeta al suelo en nuestro planeta.

Pero don Palmirano incluso va más allá y es capaz de estimar la masa de su querido cometa, resultando ser de 211 trillones de kilogramos.

Con los datos anteriores en la mano, resulta muy sencillo entender algunas de las observaciones llevadas a cabo por Hector Servadac y su ordenanza. Al estar a bordo de un cuerpo celeste dotado de rotación propia no era de extrañar que el Sol saliera y se pusiera por el lado opuesto al que lo hace en la Tierra o que la duración del día fuese diferente. Un tamaño tan pequeño y una gravedad tan débil en su superficie conllevarían una evidente ligereza en los movimientos de nuestros amigos, a semejanza de lo que les sucede a los astronautas cuando se desplazan por el suelo lunar. Haciendo uso de las ecuaciones del movimiento parabólico, que conoce cualquier estudiante de los primeros cursos de física, se puede comprobar fácilmente que la distancia recorrida o la altura alcanzada en un salto varían en proporción inversa al valor de la aceleración de la gravedad. Por lo tanto, en Galia, un salto efectuado en las mismas condiciones que en la Tierra llevaría a su protagonista a una distancia y una altura siete veces superior (según el profesor Rosetta) u ocho (según mis cálculos). Si en nuestro planeta, un chacal puede dar saltos de 1,5 metros de altura, a bordo del cometa no tendría demasiadas dificultades para alcanzar los 10-12 metros, tal y como atestiguaron los dos soldados franceses.

¿Cuál era la explicación para la fatiga que sentían nuestros protagonistas al caminar? ¿Por qué se debilitaba su voz? ¿Qué le sucedía al agua para que hirviese a tan sólo 66 grados centígrados? Todo esto parecían problemas menores, sobre todo si se los comparaba con otras de las decenas de inquietudes que asaltaban al capitán Servadac. Efectivamente, antes de encontrarse con el profesor Rosetta, el oficial francés no sospechaba en absoluto que se encontraba viajando por el espacio a lomos de un intrépido cometa. Muy al contrario, aún creía que se hallaba en la Tierra. ¿Qué le había sucedido a nuestro planeta? ¿Había colisionado con algún otro cuerpo celeste? ¿Por qué cada vez hacía más calor? ¿Se habría interrumpido su movimiento de traslación alrededor del Sol y se precipitaría sin remedio hacia él? ¿Adónde se dirigían? ¿Cómo iban a sobrevivir? Nuevas aventuras y sorpresas aguardaban aún… (Continuará)



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