De objetos faliformes superpoderosos, materia nonodimensional y ascensores hipersónicos

Siglo XXII. La nave espacial de asistencia médica Nightingale vaga por el cosmos infinito a la espera de ser reclamada ocasionalmente por alguna colonia que requiera sus servicios. La tripulación está formada por seis personas: el capitán Marley, piloto de la nave; el copiloto Nick Vanzant, la jefa médica Kaela Evers, sus dos promiscuos ayudantes, folladores empedernidos en condiciones de microgravedad, con los riesgos que esto conlleva, y un técnico en computadoras encargado de cuidar adecuadamente al ordenador de a bordo, Encanto.

En un momento dado, al principio de la película, la Nightingale recibe una señal de socorro, que parece provenir de una distancia aproximada de unos 3500 años luz. Su origen es la colonia Pohl 6822, ubicada en Titán 37, una explotación minera perteneciente a una luna expulsada de su órbita y clasificada oficialmente como “cuerpo a la deriva”.

Aparentemente, según la computadora de a bordo, la sensual Encanto, la señal de socorro se ha degradado y ha tardado cinco días en llegar a la nave. ¿Qué clase de señal es, cuál es su naturaleza para poder recorrer 3432 años luz en tan corto espacio de tiempo (paradójicamente, tan largo para los tripulantes de la Nightingale)? Evidentemente, no puede tratarse de ninguna señal de tipo electromagnético, ya que entonces, se propagaría a la velocidad de la luz, empleando los correspondientes 3432 años y haciendo completamente inútil el esfuerzo del capitán Marley y sus compañeros.

Por otro lado, debido a la enorme distancia que los separa de Titán 37, la Nightingale dispone de un sistema de propulsión para casos de emergencia. Éste no es otro que el inefable y consabido “salto dimensional”, sea lo que sea semejante engendro de la tecnología humana de la época. Dándole caña de la fina al motor dimensional, ponen rumbo a la luna lunera, viaja que te viaja, viajera. Parádojicamente, en la pantalla de ordenador donde Encanto traza la ruta a seguir se puede ver que la distancia hasta el objetivo son 27 MPsc, de lo que yo deduzco que se trata de 27 megaparsecs, es decir, unos 88 millones de años luz. Algo huele mal (y yo no he sido…).

Como eso de los motores y los saltos dimensionales tiene más peligro que una canción de Shakira, nuestros héroes de Médicus Cosmi, deben introducirse en las confortables UED’s, las unidades de estabilización dimensional, entre cuyos efectos secundarios se encuentran la potenciación del vigor sexual y el estreñimiento persistente. Una vez bien colocaditos, la nave comienza a aumentar su velocidad mediante la “aceleración de plasma” (sic), hasta que se produce el típico despliegue de rayos, centellas y demás efectos pirotécnicos para dar sensación de velocidad.


Llegados a destino, la Nightingale se encuentra inesperadamente en las proximidades de una estrella gigante azul, un monstruo con una fuerza de gravedad 10 veces superior a la de nuestro Sol. Golpeada por una roca, la nave de nuestros amigos comienza a perder combustible saltimbanqui-dimensional. La única solución es repararla y aprovisionarse del combustible perdido. Casualmente, éste abunda en la explotación minera de Titán 37.

No os quiero destripar demasiado el argumento, pero dejadme que siga unas pocas líneas más porque es que me lo está pidiendo el cuerpo a rabiar. Veréis, resulta que también casualmente (y ya van unas cuantas casualidades) por los alrededores de Titán 37 deambula un viejo conocido de la jefa médica, a bordo de una nave pequeñita que, por supuesto, solicita permiso para acceder a la Nightingale. El misterioso personaje trae consigo un extraño objeto faliforme que parece poseer poderes mágicos: mejora la salud, la fuerza, rejuvenece, regenera tejidos e incluso cura heridas mortales. Y aquí viene lo bueno. Tras una serie de peripecias, aventuras, desventuras y otros momentos de acción y tensión sin límite, la doctora Evers decide intentar averiguar la naturaleza física del misterioso artilugio. Para ello, cómo no, decide acudir a los sabios y sesudos análisis de Encanto. Y, claro, ésta responde de forma que cualquiera con un mínimo de preparación y algún que otro curso universitario a medio concluir puede comprender fácilmente. Os reproduzco a continuación las conclusiones a la que llega Encanto:

Análisis del objeto desconocido. El cálculo de la masa atómica respecto al peso cuántico sugiere la presencia de materia isotópica extradimensional […] La materia isotópica parece de naturaleza nonodimensional.

Después de tan meridiana y transparente explicación, lo que no alcanzo a comprender es la intervención subsiguiente de la doctora Evers. Ni corta ni perezosa y sin el más mínimo rubor va y suelta la siguiente frase:

Define materia nonodimensional.

¡Hay que tocarse los perendengues! Pero si esto lo sabe cualquiera. ¿Una doctora en medicina del siglo XXII y no conoce los prefijos latinos ni los griegos? ¿Nunca ha visto un pentágono, un heptágono o a un nonagenario? ¡Caray! Materia nonodimensional es aquélla que presenta nueve dimensiones. Está clarísimo.

Obviamente, Encanto es una computadora lo suficientemente avanzada como para entender de sensaciones propiamente humanas y, ante la cara de extrañeza de Kaela, completa su análisis:

Las matemáticas pueden demostrar la existencia de esta materia, pero me temo que el lenguaje humano carece de vocabulario para describirla.

Esto es lo que faltaba. Ahora resulta que el problema radica en el lenguaje humano. Las nueve dimensiones salen de las matemáticas, pero no podemos hablar de ello porque nos faltan palabras. Y en el DRAE casi 100.000. Será por falta de vocabulario...

Como colofón, nuestra querida computadora de a bordo tiene a bien informarnos sobre el propósito de la indescriptible e inefable (nunca mejor dicho) materia nonodimensional:

El efecto es creación espontánea de nueva materia tridimensional.

Aunque eso ya lo podían haber hecho Yerzy Pelanosa y Danika Lund, los dos promiscuos ayudantes de la doctora Evers, folladores empedernidos en condiciones de microgravedad y que andaban insistentemente dale que te pego a la búsqueda de crear un nuevo bebé de materia tridimensional (la de toda la vida).


En fin, dejemos las majaderías anteriores y volvamos a lo que nos ocupa. Con la intención de hacerse con el preciado combustible, el copiloto Nick Vanzant, bien animado gracias a un buen casquete interracial en microgravedad con la doctora Evers, se dirige presto y dispuesto hacia la galería, enfundado en su brillante traje espacial. Al llegar a la misma boca de descenso, se topa con un ascensor. En ese momento, Nick se dirige a la computadora de a bordo, Encanto y le pregunta:


¿Sabes a qué profundidad estaban excavando?

A lo que aquélla responde:

Según el último informe, a 3200 metros.

Respuesta de Nick:

Un largo descenso.

Y la réplica de Encanto:

En realidad, no, Nick.


El ascensor emprende, entonces, un viaje vertiginoso a toda velocidad hacia las partes más inferiores de la excavación minera. Nick no da crédito y su rostro refleja los efectos del alucinante descenso. Veinte segundos más tarde, el elevador se detiene bruscamente.


Cualquiera que haya estudiado algo de física elemental se habrá topado en más de una ocasión con los típicos problemas sobre ascensores. Si sobre el suelo de un ascensor se coloca una báscula de baño y nos subimos en ella, notaremos que cuando el ascensor comienza a elevarse, es decir, acelera hacia arriba, la balanza indica un peso superior al que mostraría si el ascensor permaneciese en reposo (dicho de otra manera, el peso que marcaría si estuviésemos en el cuarto de baño en nuestra casa). Nuestro peso aparente ha aumentado en una cantidad igual al producto de nuestra masa por la aceleración con la que se desplaza el ascensor. En cambio, si el ascensor acelerase en sentido descendente, nuestro peso aparente disminuiría justo en esa misma cantidad, haciendo que la balanza marcase menos que cuando el ascensor estaba quieto.

Haciendo unas cuentas sencillas, se llega a concluir que si el ascensor ascendiese con una aceleración igual a la de la gravedad, nuestro peso aparente se duplicaría, mientras que en caso de movimiento descendente con la misma aceleración de la gravedad, nuestro peso aparente sería nulo y no ejerceríamos reacción alguna sobre la báscula. Nos sentiríamos en estado de ingravidez. Nuestras partes más fláccidas parecerían elevarse sin necesidad de estimulantes artificiales ni naturales.

Ahora bien, ¿qué tipo de viaje realiza nuestro copiloto follador en su veloz ascensor? Evidentemente, se pueden dar varias alternativas.

Supongamos que el ascensor lleva a cabo un movimiento uniforme, es decir, con velocidad constante. En este caso, no hay más que dividir la distancia recorrida entre el tiempo empleado para obtener la rapidez con que ha descendido el pasajero. Nada menos que a 576 km/h. Ahora se entiende la frase de Encanto.

Sin embargo, este no es un caso muy realista, ya que estamos despreciando las aceleraciones de arrancada y de parada del ascensor. Supongamos que estos dos procesos son bastante rápidos pero uniformes, digamos de aproximadamente un segundo cada uno de ellos. Las ecuaciones de la cinemática del movimiento rectilíneo uniformemente acelerado predicen que dichas aceleraciones deben ser de unos 168, 42 m/s2, o lo que es lo mismo, unas 17 veces superiores a la aceleración de la gravedad terrestre. La velocidad a la que tiene lugar el resto del viaje asciende a algo más de 606 km/h y, tanto en la puesta en marcha como en la parada, el ascensor recorre unos 84 metros.

Resulta obvio que cuanto menor sea el tiempo de aceleración del ascensor, tanto mayor será el cambio de velocidad experimentada por el pasajero. Así, por ejemplo, si en lugar de emplear un segundo (como en el caso anterior) este tiempo se rebajase a la mitad, la velocidad alcanzada por el ascensor sería de 591 km/h, pero a expensas de una aceleración de arranque o de frenada de 328, 21 m/s2; nada menos que más de 33 veces la aceleración de la gravedad terrestre.

Se pueden generalizar los resultados siempre que se consideren los movimientos de aceleración como uniformes y suponiendo que los tiempos de puesta en marcha y de frenada son idénticos. En este caso, las matemáticas indican que la aceleración experimentada por el viajero a bordo del ascensor nunca puede ser inferior a 32 m/s2 y esto en el caso más favorable que corresponde a que la mitad del viaje se lleva a cabo acelerando continuamente y la otra mitad frenando de forma uniforme. En definitiva, las aceleraciones más leves son siempre superiores a tres veces la aceleración de la gravedad en la superficie de la Tierra.


¿Y a qué cuento viene todo esto? Pues a varios, en realidad. Como ya os habréis dado cuenta los más avispados de vosotros, realizar un viajecito en un ascensor descubierto (la jaula está formada por rejillas abiertas al aire de Titán 37, dotado de una atmósfera con una presión equivalente al 80 % de la terrestre) a casi 600 km/h no debe de ser lo que se entiende por un paseíto agradable. Más bien se parecería a un horrible garbeo en medio de un superhuracán  en el que el aire se moviese a esa misma velocidad. Pero eso no es todo, ya que debido a que la aceleración de bajada (en el momento de la arrancada) siempre es superior a 32 m/s2 y este valor es muy superior a la aceleración de la gravedad terrestre, lo que sucederá es que el suelo del ascensor dejará de ejercer una fuerza de reacción sobre los pies de Nick Vanzant, es decir, el ascensor acelerará más que el propio Nick. La consecuencia será un buen coscorrón contra la parte superior de la jaula contenedora.

En alguna otra ocasión, os he comentado que el ser humano puede llegar a tolerar aceleraciones elevadas durante cortos lapsos de tiempo. Hace unos años, algunos de vosotros recordaréis que el piloto de F1 Robert Kubica se estrelló a 230 km/h. Las estimaciones oficiales de BMW fueron que sufrió una desaceleración de unos 750 m/s2. Anteriormente, en 2003, el piloto de fórmula “Indi” Kenny Bräck protagonizó otro terrible accidente, de cuyas secuelas tardó nada menos que 18 meses en recuperarse. Se cree que ostenta el récord mundial al haber experimentado durante la colisión una desaceleración de 2140 m/s2. Otro de estos gloriosos registros lo alberga David Purley, también piloto de F1. En 1977, en el circuito británico de Silverstone, impactó contra un muro a 173 km/h, deteniéndose su monoplaza en tan sólo 66 cm y alcanzando una desaceleración de 1800 m/s2. A la vista de estos resultados, sólo puedo decir:

<< Nick, tranquilo, tú puedes >>.

Sin embargo, sí quiero dejar una puerta abierta a la plausibilidad de lo que se refleja en la película. La única forma de que no tuviese lugar tan fea escena (la del coscorrón, me refiero) consitiría en suponer que la aceleración de la gravedad en Titán 37 fuese, en todos los casos, superior a las aceleraciones experimentadas por el ascensor pero eso, en según los casos, no parece tampoco, en principio, demasiado realista. De hecho, Titán 37 es una “luna a la deriva” y, por tanto, podemos suponer que al no ser un planeta, su gravedad debe ser considerablemente menor (las mayores lunas del sistema solar raramente superan los 1,4-1,6 m/s2). Quizá si se tratase de un supersatélite de un superplaneta…



La "osmótica" criatura de la Laguna Negra

Una expedición científica por el río Amazonas realiza un descubrimiento sorprendente: una garra fosilizada perteneciente a una criatura anfibia enorme. De inmediato, comienzan a sucederse las muertes. Un monstruo sanguinario, “un eslabón perdido de la familia de los anfibios” habita en la Laguna Negra. Sin embargo, algo inesperado sucede. La feroz criatura, cual príncipe encantado al más puro estilo de La Bella y la Bestia, cae presa de los encantos femeninos de la neumática ayudante del jefe de la expedición y decide secuestrarla y llevársela a su gruta del amor, quién sabe con qué oscuros y libidinosos deseos, quizá de imposible reproducción entre especies. Por supuesto, el resto de los miembros del equipo deciden no abandonar a la chica a su suerte y emprenden su búsqueda, a la vez que intentan devolver al espeluznante engendro de la madre naturaleza a las oscuras aguas de las que procede.

Lo que acabáis de leer y yo de escribir se corresponde a una muy particular redacción del argumento correspondiente a la película La mujer y el monstruo (Creature from the black lagoon, 1954), dirigida por el gran Jack Arnold. La cinta gozó de un aceptable éxito en su tiempo, lo que provocó que se rodaran un par de secuelas: Revenge of the creature (1955) y The creature walks among us (1956). En la primera de ellas, una nueva expedición vuelve a remontar la cuenca del Amazonas en busca de la criatura, que al parecer no había fenecido lo suficiente. Tras colocar en el agua de la mítica Laguna Negra una serie de cargas explosivas y hacerlas detonar, el monstruo flota inconsciente en la superficie. Capturado y puesto a buen recaudo, es conducido (en estado de coma) hasta el Ocean Harbor de Florida. Una vez allí, se le intenta reanimar en un tanque especial, mientras es desplazado suavemente por el agua para que ésta penetre en sus branquias, facilitando la reanimación. Ni qué decir tiene que el parque de atracciones acuático se encuentra en ese momento abierto al público, que ha acudido en masa para presenciar semejante inusual descubrimiento científico. Y, claro, como no podía ser de otra forma, la abominable criatura resucita de forma repentina, lanzando un furibundo ataque contra sus captores y el resto del personal que deambula por el lugar, provocando el pánico consabido en las películas con monstruo.


Desgraciadamente, el bicho es capturado de nuevo. Sujetando a sus tobillos una gruesa cadena, es depositado en un acuario preparado especialmente para su comodidad. Todo es maravilloso (excepto las cadenas): aguas cristalinas, comida abundante, temperatura controlada, compañeros de juegos como barracudas, tiburones, peces sierra, … ¿Qué? ¿Cómo? Esperad, esperad un momento... ¿Barracudas? ¿Tiburones? ¿Peces sierra? ¿Qué está pasando aquí?

No sé si algunos de vosotros habréis captado el sutil gazapo que se esconde tras el párrafo anterior. Se trata de lo siguiente: ¿cómo es que un supuesto grupo de científicos, personas sobradamente preparadas, se traen una criatura anfibia de una idílica y paradisíaca laguna de agua dulce y la introducen en un tanque de agua marina y asquerosamente salada? Desde luego, no parece una idea demasiado brillante. Me explicaré.


Todos sabemos que hay peces de agua dulce y peces de agua salada. Se llaman así porque los primeros viven en ríos, lagos, estanques, lagunas, charcas o peceras y los segundos viven en el mar, normalmente. También es cierto que algunas especies de pez pueden vivir en los dos ambientes sin demasiados problemas. Así, el salmón nace en la cuenca alta de los ríos, donde acuden a desovar sus padres (si no se los comen los osos antes) después de recorrer un largo periplo marítimo. Pero obviaré hábilmente estos casos particulares y os entretendré un ratito con una disertación que me haga sentirme importante durante un buen rato y en la que intentaré haceros ver qué es lo que ocurre, habitualmente, cuando un animal de agua dulce se introduce en agua salada y viceversa.

Los animales acuáticos necesitan, al igual que los seres humanos y otros mamíferos, extraer oxígeno del medio ambiente para llevar a cabo su proceso de respiración. Nosotros lo obtenemos del aire, donde se encuentra en una proporción del 21 %, aproximadamente. Criaturas como los peces, los anfibios o, incluso, el monstruo de la Laguna Negra lo extraen del agua a través de las branquias, unos órganos altamente especializados formados por una especie de tronco principal del que salen por su parte posterior numerosas ramificaciones extremadamente delgadas y profusamente dotadas de capilares sanguíneos. Es en éstos, donde tiene lugar el intercambio de oxígeno y dióxido de carbono entre el agua y las células del animal para el primero y el animal y el agua para el segundo por medio de un proceso físico denominado difusión.


A la difusión de una sustancia líquida (solvente) a través de una membrana semipermeable (que deja pasar solamente el solvente, pero no las sustancias disueltas en él), desde una solución de baja concentración de soluto (sustancia disuelta en el solvente, como puede ser sal, azúcar, etc.) hacia otra solución cuya concentración sea mayor se la denomina ósmosis. Esto quiere decir que si colocásemos en cada uno de los dos compartimentos de un recipiente dividido por la mitad por una membrana semipermeable sendas soluciones de agua con distintas concentraciones de sal, el agua pasaría del compartimento donde la concentración de sal es menor al compartimento donde es mayor. Bien, apliquemos lo anterior a los peces y a nuestra criatura anfibia de instinto asesino pero enamoradizo.

Si enganchamos por el gaznate a un lindo pececillo de colores de nuestra pecera doméstica y lo introducimos en el precioso acuario marino que se ha montado el vecino del quinto en su salón, observaremos cómo nuestro pequeño compañero comienza a quedarse esmirriado como si estuviera afectado de un ataque de anorexia acuática y, en último caso, morirá. ¿Qué ha sucedido? Pues sencilla y llanamente que la ósmosis ha hecho lo que tenía que hacer. Al entrar el agua salada en el interior del pez se encuentra con las paredes semipermeables de las células. Como la concentración salina en éstas es inferior a la del agua del acuario, se da un trasvase de agua desde las primeras hacia la segunda en un vano intento de igualar ambas concentraciones. Por lo tanto, las células del pez pierden el líquido elemento vital de forma continua, deshidratando por completo al pobre bicho. No hará falta relatar aquí lo que sucedería si le afanásemos el pez globo del acuario del vecino y nos lo llevásemos a nuestra humilde pecera. Por el mismo principio físico, se habría generado una nueva especie: el pez Hindenburg, con un final del todo semejante al del “zepelín” alemán.



Terminaré esta estupenda entrada diciendo que lo que es válido para los peces también es aplicable para los seres humanos. Me refiero, en concreto, al conocido hecho de que si naufragásemos en alta mar no podríamos sobrevivir bebiendo agua salada, pues nos sucedería lo mismo que a nuestro lindo pececito de colores. Mejor solución resultaría la adoptada por el mutante Mariner en Waterworld (Waterworld, 1995), donde hace uso de un artilugio para reciclar sus propias “aguas menores” y hacerlas potables. Su funcionamiento consiste en hacer que los orines se evaporen (poniéndolos al sol, por ejemplo, aunque no es estrictamente necesario) desde un recipiente y recogerlos sobre un plástico, por ejemplo. Una vez allí, el vapor se condensaría nuevamente formando agua líquida (para ello bastaría con disminuir la temperatura del plástico sometiéndolo al frío nocturno), en la cual ya no habría disueltas sustancias indeseables, como la urea. A pesar de lo relajante que resulta compartir tus propios fluidos corporales con otras dos chicas, con todo el agua  que hay en el proceloso océano ¿por qué empeñarse en beber “meaos”?


La entrevista que nunca llegó a ver la luz...

El pasado mes de septiembre una periodista contactó conmigo para solicitar mi colaboración en un artículo que ella estaba preparando en conmemoración del 50 aniversario del estreno en televisión de la serie original de Star Trek. Por supuesto, acepté porque me hacía mucha ilusión. Quedamos por e-mail y me envió una serie de preguntas a las que amablemente contesté una por una, tomándome todo el interés del mundo y esmerándome en justificar, razonar y argumentar todas y cada una de mis respuestas. Cuando, finalmente, el atículo se publicó aquí, cualquier parecido con lo que yo había propuesto era una pura coincidencia (como podéis comprobar por vosotros mismos si le habéis echado un vistazo al enlace que os he señalado y comparáis con lo que viene a continuación). Pues bien, como me parece que quizá a algunos de vosotros os interese conocer mis respuestas originales y el contenido de toda la entrevista, aquí debajo os la ofrezco, ya que nunca llegó a ver la luz. Después, juzgad por vosotros mismos y decidme si estoy en lo cierto o no muchas veces cuando opino lo que opino sobre la prensa y sus trabajadores... Y, sin embargo, seguimos necesitándoles.






P.- Partimos de la idea que los fanáticos de la ciencia ficción suelen ser los "más listos de la clase". Pensamos en el ejemplo, en su momento, que suscitó "2001, una odisea en el espacio". ¿Puede cualquiera entender una película de ciencia ficción? ¿Ver películas de ciencia ficción está asociado a un perfil de gente que suele ser más inteligente que el resto? 


R.- Primeramente habría que saber de qué hablamos cuando hablamos de inteligencia o de "ser más inteligente que otro". Yo no soy neurocientífico ni psicólogo, que serían las personas más indicadas para definir la inteligencia, si es que tal cosa existe. ¿Quién es más inteligente, un científico capaz de resolver un sesudo problema matemático o un futbolista que tiene una extraordinaria visión de juego para dar una brillante asistencia de gol? ¿Un campeón del mundo de ajedrez, un pintor impresionista o un premio Nobel de literatura? ¿Hay distintas clases de inteligencia o puede cuantificarse de manera absoluta? Yo no creo que que ver películas de ciencia ficción tenga relación alguna con eso que podemos interpretar o entender como "inteligencia". Conozco personas de todo tipo y condición a quienes les gusta mucho el cine o la literatura de ciencia ficción y también a quienes no les gusta en absoluto. Los físicos (como yo mismo) solemos estar considerados como personas inteligentes y, sin embargo, entre mis colegas hay muchos a quienes no les gusta en absoluto la ciencia ficción. A mí, personalmente, me encanta la ciencia ficción desde que era muy joven, lo cual no significa nada en particular. Es una afición como otra cualquiera. Y, por supuesto, creo que cualquier persona puede entender una película de ciencia ficción. Exactamente igual que cualquier persona puede entender una película de cine negro, de espías o una comedia de Woody Allen. ¿Acaso hay alguien que entienda las películas que ponen, últimamente, los domingos en TVE? Pues no son de ciencia ficción, precisamente. 



P.- ¿Cómo se explica la relación entre ser seguidor de este tipo de género y el desarrollo superior de la capacidad intelectual? ¿Qué factores la determinan? 


R.- Como ya he dicho en la pregunta anterior, yo no conozco ninguna relación entre la inteligencia o una mayor capacidad intelectual y ser seguidor de un género como puede ser la ciencia ficción, al igual que no la conozco con ser seguidor de ninguna otra actividad o afición. Otra cosa muy diferente es que la ciencia ficción sea un género en el que se plantean habitualmente cuestiones muy profundas, tanto desde un punto de vista meramente científico como filosófico, moral, ético y hasta religioso. La ciencia ficción, desde sus mismos orígenes, ha abordado las grandes cuestiones del ser humano: la libertad, la felicidad, el origen y destino de la vida o del universo, la existencia de otros mundos habitados por seres parecidos a nosotros, la inmortalidad, etc. Son temas de profundo calado científico y la ciencia ficción encaja como un guante a la hora de enfrentar estas temáticas. Los seguidores de la ciencia ficción suelen ser personas que gustan de fantasear, imaginar, especular acerca de mundos utópicos o distópicos y los escritores/directores/guionistas de ciencia ficción intentan plasmar estos mismos mundos en sus obras. Si hacer esto se considera poseer, o contribuye a desarrollar, capacidades intelectuales superiores, entonces la ciencia ficción estará muy relacionada con ello. Aunque todo es discutible, por supuesto. 



P.- Algunos autores de estudios sobre la ciencia ficción apuntan a que no todo lo que la gente considera ciencia ficción lo es realmente. ¿Cuál es la "buena" o auténtica ciencia ficción? 


R.- Esta pregunta no tiene respuesta, al menos una única respuesta. Como aficionado y estudioso de la ciencia ficción, he leído muchísimas discusiones y definiciones de ciencia ficción, todas ellas proporcionadas por expertos mundiales en el género o autores de enorme prestigio. Lo que he concluido después de hacerlo es que nadie parece saber qué es exactamente esa cosa llamada ciencia ficción. Ahora bien, pasa algo muy parecido con la pornografía, que nadie sabe definirla aunque todos sepamos distinguirla cuando la vemos. Por una parte, yo sé que "Casablanca" no es ciencia ficción y que "2001: una odisea del espacio" sí lo es; sé que los "westerns" clásicos o las comedias y dramas de Pedro Almodóvar no son ciencia ficción y que "Avatar", "Interstellar" o hasta "Star Wars", si me apuras, sí son ciencia ficción. Por otra parte, distinguir entre lo que es buena ciencia ficción y lo que es mala ciencia ficción no siempre resulta sencillo y las opiniones pueden ser encontradas, a no ser en casos evidentes. Por ejemplo, para mí son ejemplos de mala ciencia ficción películas como las de la deplorable saga "Sharknado" y otros productos manufacturados esclusivamente para su emisión televisiva los fines de semana por la tarde en canales como Cuatro. "Star Wars" también es mala ciencia ficción. Personalmente, creo que la buena ciencia ficción es aquella que aborda cuestiones de interés universal para el ser humano pero al mismo tiempo lo hace basándose en el conocimiento científico y trata de dar respuestas o plantear preguntas de carácter también científico y/o filosófico. "Star Wars" es mala ciencia ficción porque aunque trata temas como los viajes espaciales y otros mundos, lo hace sin ningún tipo de rigor científico y las explicaciones suelen ser meramente fantásticas o sobrenaturales, como en el caso de la consabida "Fuerza" de los caballeros jedis. "Interstellar" es buena ciencia ficción porque hace todo lo contrario. ¡Ojo! No pretendo criticar la mala ciencia ficción y alabar la buena. Todo depende de la óptica con la que miramos y, en determinadas circunstancias, nos puede apetecer ver la una o la otra, consumir un producto de mero entretenimiento o acercarnos a algo más reposado, reflexivo, más "intelectual" si se quiere (aunque no lo comparta). 



P.- En encuestas entre profesionales científicos, la mayoría reconoce haber optado por la ciencia gracias a ver y leer mucha ciencia ficción. ¿Que posibilidades tiene la ciencia ficción como herramienta didáctica para acercar la ciencia? ¿Crees que se está usando todo su potencial en nuestras aulas? 


R.- Esto sí es absolutamente cierto, muchos científicos que conozco y otros que no, y que han llegado a ser célebres en su trabajo, reconocen haber elegido su profesión cuando eran jóvenes y enormemente influenciados por la ciencia ficción. Entre ellos, el mismísimo Stephen Hawking, a quien Star Trek le causó profunda impresión. En cuanto a las posibilidades de la ciencia ficción a la hora de acercar la ciencia a las personas, tanto profanas como profesionales, son enormes. Hace varias décadas, alguien de la talla de Isaac Asimov ya se dio cuenta del enorme potencial del género y desde su privilegiada posición como autor célebre de ciencia ficción, aconsejó a los centros de enseñanza que utilizasen los relatos y novelas como herramientas didácticas para explicar y enseñar conceptos científicos y fomentar vocaciones y acercar la ciencia a la sociedad. Desde hace años, los países anglosajones son pioneros en hacer esto. En España, la cosa es bastante más reciente, los primeros intentos de hacer algo semejante datan de la década de los años 90 del siglo pasado, tanto en los centros de enseñanza secundaria como en el ámbito universitario. En este sentido, yo mismo he impartido desde el año 2004 hasta 2012 una asignatura en la universidad de Oviedo llamada "Física en la Ciencia Ficción", donde explicaba física a estudiantes de todas las carreras utilizando cine y literatura de ciencia ficción en clases organizadas en forma de coloquio dirigido. Desde 2006 el material acumulado y utilizado en mis clases lo he ido publicando en mi blog "El Tercer Precog" (http://eltercerprecog.blogspot.com.es), así como recogido en dos libros: "La guerra de dos mundos (2008)" y "Einstein versus Predator (2011)", ambos publicados por la ya desaparecida editorial Robinbook. Es cierto que aún somos muy pocos los que hacemos uso de un género del enorme potencial de la ciencia ficción en nuestras clases, pero no es menos cierto que las posibilidades reales aún están por explotar. Lo que sucede es que no todo el mundo se atreve a hacerlo, quizá porque la enseñanza en nuestro país nunca ha sido demasiado valorada ni por la sociedad ni por los distintos gobiernos de turno. Confiemos en que nuestros políticos actuales alcancen algunos acuerdos uno de estos días, pacten con responsabilidad y nos proporcionen una nueva esperanza, como dicen en "Star Wars IV", antes de unas terceras elecciones...  


  

Volando voy y casi no vengo porque en la gasolinera yo me entretengo: Mi charla en Naukas Bilbao 2016

Durante el pasado fin de semana, los días 16 y 17, tuvo lugar el evento Naukas Bilbao. Durante 48 horas, los divulgadores que formamos parte de la plataforma Naukas celebramos este encuentro de amigos por todo lo alto, nos damos un homenaje y un baño de multitudes (para qué nos vamos a engañar). Allí nos reunimos y damos una serie de charlas de no más de 10 minutos de duración, se realizan entrevistas breves (no más de 20 minutos) con personajes relevantes en el mundo de la ciencia, tanto a nivel nacional como internacional y una serie de espectáculos lúdico-festivos-folclóricos que pondrían los pelos de punta a un tronco de alcornoque, si no fuera por la vergüenza ajena que producen.

En fin, que con todo esto, no podía faltar un servidor de ustedes en semejante sarao. Y créanme que no defraudé a ni uno de mis enemigos, de mis "haters". Mi intervención fue la más patética que se recuerda en las seis ediciones del evento bilbaíno que se celebra anualmente desde 2011 de forma ininterrumpida. Estoy más que convencido de que me he ganado a pulso todo lo que me pueda pasar desde hoy mismo hasta que la Parca se me lleve, espero que más pronto que tarde. Soy consciente de que la charla que di este año en Naukas Bilbao habrá levantado ampollas y opiniones de todo tipo, pero soy de esas personas que, equivocadamente o no, piensan que siempre será preferible que hablen mal de uno pero que hablen. Defenderé mi estilo, zafio en ocasiones, hasta las últimas consecuencias y he afirmado por activa y por pasiva a todos cuantos eventos asisto como ponente que las charlas deben ser consecuentes y coherentes en forma y contenido. Soy consciente de que muchas personas me tienen encasillado en un estilo cómico y superficial, como se hizo con el gran Alfredo Landa durante los años de las "españoladas". Pero quiero recordarles a todos esos que me comparan con Don Alfredo, que éste también hizo "El crack" y "Los santos inocentes". Piénsenlo cada vez que vayan a una charla de este servidor porque quizá les sorprenda la próxima vez.

Durante los últimos dos días he recibido elogios y críticas sobre mi actuación en Bilbao. Ni me dejo engatusar por unos ni me voy a detener por las otras. Tan sólo les diré que se trata de una charla, y que si damos importancia a lo que no la tiene, pasando por alto lo que verdaderamente importa, entonces nos merecemos un mundo como este en que vivimos y no uno mejor.

Tengo muchas más cosas que decir pero prefiero callarlas. En cambio, no puedo irme sin mostrar mi más sincero agradecimiento a todos aquellos que hacen posible Naukas Bilbao y muy especialmente a quienes tuvieron a bien compartir conversaciones conmigo, me dieron su apoyo y mucho cariño, que falta me hacía. Ellos ya saben quienes son y donde tienen un amigo para siempre.

Les dejo, pues, con mi charla en Naukas Bilbao 2016: "Volando voy y casi no vengo porque en la gasolinera yo me entretengo". Que la disfruten y, si no es así, peor para ustedes...


El Sol y la Tierra como agujeros negros

En ciencia hay preguntas que pueden resultar, en un principio, un tanto descabelladas, incluso ociosas o sin sentido. Sin embargo, quien piense así poca idea tiene acerca de cómo funciona o qué es realmente la ciencia. No hay pregunta irrelevante, no existen cuestiones triviales, la frontera del conocimiento siempre está más allá de nuestra curiosidad.

Si algo caracteriza a este blog es que en él se plantean preguntas de estas a las que aludo en el párrafo anterior. Pero aún hay más, dichas cuestiones van sobre todo dirigidas a la gente más joven (que no cunda el pánico, a los mayores también os quiero), a los estudiantes o a los chavales con una mínima curiosidad. Con ellas pretendo que puedan salirse de los ambientes y contextos excesivamente restringidos a que se encuentran sujetos en sus clases, donde han de ceñirse a unos programas enormemente estereotipados, siempre con los mismos ejemplos, monótonos ejercicios donde abundan planos inclinados y poleas, cuerdas, muelles y otras cosas exasperantemente aburridas y que no logran captar sus intereses. Además, las cuestiones que plantea El Tercer Precog sirven para que esos chavales puedan aplicar las mismas leyes físicas que estudian en sus clases pero a casos prácticos mucho más estimulantes, más desafiantes y en los que se pueden desenvolver con mayor entusiasmo.

Entre estos problemas o ejercicios, uno que suele aparecer profusamente en los libros de texto es el que tiene que ver con el tiempo de viaje que emplearía una persona que se lanzase a través de un túnel que atravesara la Tierra a lo largo de un diámetro (y que ya traté en mi libro La guerra de dos mundos). La forma usual de resolver la cuestión consiste en determinar que el tipo de movimiento seguido por el viajero (un ejemplo cinematográfico reciente de esta situación lo podéis encontrar en la película de 2012 Desafío total (Total Recall, 2012)) a lo largo de su caída es lo que los físicos llamamos un movimiento armónico simple. Esto significa que la aceleración con la que cae la persona varía proporcionalmente a su distancia al centro de la Tierra. Así, cuanto más cerca esté del centro de nuestro planeta, tanto menor será dicha aceleración; en cambio, ésta será máxima en la superficie. Si se asume que la densidad de la Tierra permanece constante en todo punto de su interior (corteza, manto y núcleo incluidos) la solución del enigma es prácticamente inmediata, sin más que llevar a cabo unas cuantas manipulaciones algebraicas al alcance de cualquier chaval de Bachillerato. Resultado: 21 minutos y 7 segundos, aproximadamente.

Un procedimiento que solemos seguir muy habitualmente los científicos cuando intentamos resolver un problema es comenzar, en un primer paso, por un caso sencillo, despojado de complicaciones innecesarias, y para el que la solución se pueda obtener de forma más o menos rápida o inmediata. A continuación, el segundo paso consiste en ir añadiendo poco a poco complicaciones que hagan la solución más completa o próxima a la realidad. En el caso expuesto en el párrafo anterior, el del viaje a través de la Tierra, la solución se puede afinar aún más si se abandona la suposición de que la densidad de nuestro planeta es constante. Así, tal y como ya hice en mi libro La guerra de dos mundos, admitiendo un modelo en el que las densidades del manto y el núcleo son constantes pero distintas, el tiempo de viaje hasta el centro es de 19 minutos y 28 segundos, es decir, un minuto y 39 segundos menos que antes.

Puede que a estas alturas muchos os estéis preguntando qué tiene que ver todo lo anterior con el título del post y eso de los agujeros negros, el Sol y la Tierra. Enseguida os cuento.

Veréis, si sois aficionados a la divulgación científica y os da por leer algún que otro libro, blog, web, revista, etc., habréis visto seguramente en más de una ocasión la siguiente pregunta: ¿qué tamaño tendría el Sol si se convirtiese en un agujero negro? La misma cuestión suele aparecer, asimismo, para la Tierra. La respuesta tiene que ver con lo que se denomina el radio de Schwarzschild, que depende de la masa del objeto que se transforma en agujero negro. En el caso del Sol, algo menos de 6 km de diámetro, para la Tierra apenas 2 cm. Si, de alguna manera, fuésemos capaces de comprimir hasta esos tamaños el Sol o la Tierra, éstos se convertirían automáticamente en agujeros negros y ni siquiera la luz podría escapar a sus campos gravitatorios.


Ahora bien, y aquí viene la respuesta a la pregunta de la relación entre el título del post y los viajes a través de un diámetro de la Tierra comentados más arriba. Está muy bien preguntarse por el tamaño del radio de Schwarzschild o, lo que es lo mismo, del horizonte de sucesos, que tendrían el Sol y la Tierra si colapsasen hasta devenir en sendos agujeros negros. Pero, ¿cuánto tiempo tardarían en acontecer semejantes cataclismos? La respuesta a esta pregunta es más sencilla de lo que puede parecer a simple vista. Veamos.

En términos sencillos, una objeto cualquiera se convierte en agujero negro cuando toda su masa comienza a colapsar hasta acabar en su centro, donde la densidad se hace infinita. Pues bien, suponed que aislamos del resto una porción cualquiera de esa masa, y tan pequeña como queramos, que se encuentre sobre la superficie de la Tierra y la dejamos caer libremente hasta el centro del planeta. Visto de esta manera, el tiempo empleado en el colapso total coincidirá con el tiempo que calculamos antes para el viajero en llegar hasta el centro mismo de la Tierra en su viaje a lo largo del hipotético túnel. Por tanto, nuestro querido planeta tardaría exactamente el mismo tiempo calculado antes en convertirse en un agujero negro de 9 mm de radio: alrededor de 20 minutos.

Lo bonito de la física es que todo lo que hemos visto para la Tierra es exactamente igual de válido para el Sol. Efectivamente, si en lugar de haber practicado el túnel a lo largo de un diámetro terrestre lo hubiésemos hecho a lo largo de un diámetro solar, todas las conclusiones obtenidas antes serían trasladables al caso que nos ocupa. Un viaje a lo largo de un diámetro solar llevaría al osado viajero nada menos que 42 minutos hasta su mismo centro, donde encontraría una temperatura aproximada de 15 millones de grados. Con un razonamiento completamente similar al de antes, concluimos que el Sol tardaría también 42 minutos en colapsar hasta convertirse en un agujero negro de 6 km de diámetro.

Pero esto no es todo. Me gustaría deciros aún algo más. ¿Qué pasa si sois un chaval que todavía no se maneja con soltura con las matemáticas que requiere el movimiento armónico simple? Os contaré un secreto, incluso se puede determinar el tiempo del colapso de forma aproximada (un tanto burda, eso sí, por lo que no debéis darle demasiada importancia) con tan sólo conocer la ley de la gravitación universal, la segunda ley de Newton y las definiciones de velocidad y aceleración. ¿Que no? Leed y lo comprobaréis.

Imaginad por un momento que la única fuerza a la que se encuentra sometido el Sol es la gravitatoria (esto es, imaginad que ha dejado de generar energía a base de la fusión nuclear y, por tanto, ha comenzado a colapsar bajo su propio peso). Volved a fijaros en una porción de materia cualquiera situada en la superficie de nuestra estrella. La fuerza gravitatoria a la que está sometida viene dada por la ley de la gravitación universal, ¿correcto? Como esta es la única fuerza en acción, deberá ser igual al producto de la masa de dicha porción por su aceleración de caída hacia el centro (segunda ley de Newton).

F = G M m/R² = m a

donde M y R son, respectivamente, la masa y el radio del Sol.
Por tanto:
a = G M/R²

Ahora bien, como todo chaval sabe, la aceleración se puede expresar como la variación de la velocidad por unidad de tiempo y, a su vez, la velocidad se puede expresar como la variación de la distancia por unidad de tiempo. Con lo cual:

a = R/t²

Igualando las dos expresiones anteriores, se llega inmediatamente a que:

t² = R³/G M

Sustituyendo en ella los valores conocidos de cada uno de los tres parámetros, se obtiene que el tiempo de colapso solar es de unos 27 minutos, segundo arriba o abajo. Evidentemente, debido a la sencillez del modelo asumido, esta cifra se diferencia del cálculo más afinado realizado en el caso de movimiento armónico simple, que resultaba ser de 42 minutos. Para la Tierra, el nuevo valor sería de 13 minutos y 24 segundos, en lugar de los 21 minutos del modelo armónico simple. Para los puntillosos y los que pretendan ir un poquito más allá: el factor de proporcionalidad entre las dos cifras obtenidas con los dos modelos siempre es igual a pi/2. Podéis comprobarlo aquí. Newton rules!


¡Cariño, no he podido encoger a los niños!

Ay, quién tuviera un miniaturizador, un artilugio, dispositivo o máquina capaz de reducir el tamaño de los objetos a la escala deseada. ¿No os gustaría? ¿Qué sería lo primero que haríais con semejante poder? ¿Y lo segundo? ¿Y después? Ah, cuánta sed de venganza y deseo de satisfacer los deseos más oscuros...

Desafortunadamente, el miniaturizador siempre ha permanecido y sigue siendo no más que un sueño de la ciencia ficción, al menos hasta hoy en día. Los científicos más locos de las más locas historias ficticias han ideado, diseñado y construido estos artefactos desde los mismos orígenes del género, tanto en su versión literaria como cinematográfica. Por citar tan sólo unos pocos ejemplos: el doctor Alexander Thorkel y sus experimentos con radiactividad en un paraje remoto de la jungla peruana, protagonista de Doctor Cíclope (Dr. Cyclops, 1940); el extraño caso de Scott Carey, afectado por una sustancia neblinosa desconocida que se adhiere a su piel en El increíble hombre menguante (The Incredible Shrinking Man, 1957); el equipo de científicos y cirujanos miniaturizados hasta el extremo de poder ser inyectados en el torrente sanguíneo de Jan Benes, afectado por un coágulo cerebral en Viaje alucinante (Fantastic Voyage, 1966); Wayne Szalinski, el atolondrado profesor e inventor que accidentalmente reduce a sus hijos al tamaño de hormigas en Cariño, he encogido a los niños (Honey, I Shrunk the Kids, 1989) y, más recientemente, el genial doctor Henry Pym, creador del traje de Ant-Man (Ant-Man, 2015).

Sin embargo, cuando se piensa detenidamente en el asunto de la miniaturización, los problemas más peliagudos comienzan a aparecer inmediatamente. En efecto, suponed que queremos reducir las dimensiones de una persona, por ejemplo, de forma proporcional en un factor 10. Es decir, queremos a esa misma persona con una altura 10 veces menor a su estatura normal, pero también ha de ocurrir que el diámetro de su cráneo se vea reducido en la misma proporción, así como el de sus muslos, pantorrillas o muñecas. Todas sus dimensiones, sin excepción, deben ser 10 veces más pequeñas que en su forma original, antes de ser miniaturizada. ¿Con qué dificultades nos encontraríamos, desde el punto de vista de la ciencia conocida?

Bien, veamos. La primera cuestión que surge está relacionada con el peso del ser humano que hemos reducido. Si, a todos los efectos, lo que tenemos es una persona exactamente idéntica a la original, pero con todas sus dimensiones reducidas en un factor 10, la ley del cuadrado-cubo de Galileo nos permite afirmar que dicha persona debe ver reducida, asimismo, su masa (equivalentemente, su peso) en un factor 1000. Por tanto, si al principio pesaba 100 kg, una vez reducida pesaría 100 g. Hasta aquí todo correcto. Ahora bien, ¿qué ha sucedido con el defecto de masa, esto es, con los 99,9 kilogramos que faltan? Las leyes de la física también afirman que en un sistema aislado la cantidad total de masa-energía debe permanecer constante o, dicho de otra forma, la masa no puede desaparecer a no ser que se convierta en energía o viceversa. Así pues, los 99,9 kg han de haberse transformado por fuerza en una cantidad equivalente de energía, según la célebre ecuación de Einstein, E = mc2. Si se hace este cálculo elemental se obtienen 9 1018 J, más o menos la energía liberada en la detonación de 150.000 bombas atómicas como la que fue arrojada sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Me olvidaré de este pequeño detalle sin importancia.

La segunda dificultad, y la más difícil de soslayar desde mi punto de vista, es la que tiene que ver con la técnica misma, es decir, con el proceso mediante el cual se podría reducir el tamaño del objeto o persona en cuestión. Si se quiere evitar el problema del defecto de masa que acabo de exponer en el párrafo anterior, la única solución viable parece ser la siguiente: reduzcamos la separación entre los átomos, hagamos más pequeñas las distancias interatómicas.

Obviando el procedimiento concreto para llevar a cabo semejante hazaña, no obstante, no quiero dejar de advertir que en caso de haber logrado el éxito, ya me diréis qué pasa ahora con la presión ejercida sobre el suelo por la persona miniaturizada, pues la misma ley del cuadrado-cubo de antes nos dice que el área de la superficie sobre la que se apoyan sus pies ha tenido que reducirse en un factor 100 y, en consecuencia, dicha presión se habrá incrementado en la misma proporción. El efecto sobre el suelo sería el mismo que si la persona pesase 10.000 kilogramos. Y esto tan sólo suponiendo que el factor de reducción es 10. No os quiero contar lo que sucedería en el caso de reducciones extremas como las que se llevan a cabo en las películas referidas al principio, donde se pueden admitir sin problema factores de miniaturización de 100 o incluso 1000 y más. Algo parecido sucedería con la densidad de la persona, pues si conserva su peso pero reduce la separación entre los átomos de su cuerpo, la densidad podría alcanzar valores suficientemente grandes como para que el infortunado ser atravesase la corteza terrestre sin problema.

Finalmente, me dejaré de zarandajas y física elemental para pasar a cosas realmente serias. Con esto quero decir que el verdadero problema, si es que aún no tenéis suficiente, es la mecánica cuántica. Sí, hoy en día, la divulgación no es nada si no aparece la palabra "cuántica". Es añadir este vocablo maravilloso y mal entendido hasta la saciedad y todo parece cobrar sentido: los productos de limpieza nucleares/cuánticos, la conciencia cuántica, los alimentos cuánticos, el sexo cuántico, y "cuántos" y cuánticas cosas más...


En fin, como os digo, la cuestión cuántica es crucial a la hora de pretender reducir la separación interatómica. ¿Por qué? Pues muy sencillo, y para que lo entendáis, ¿recordáis el viejo modelo atómico de Bohr? Sí, ese que se estudia en el instituto cuando uno comienza a ver las primeras ideas relacionadas con la física cuántica. Pues bien, una de las ideas de este sencillo modelo consistía en afirmar que los electrones, en los átomos, se movían alrededor de los núcleos describiendo órbitas circulares, ¿os suena? Y estas órbitas circulares se caracterizaban por un número cuántico que indicaba en qué órbita en concreto se encontraba el electrón: n = 1 la más cercana al núcleo atómico, n = 2 la siguiente y así, sucesivamente. Cuando un electrón saltaba de una órbita a otra con un número cuántico más pequeño (esto es, más cerca del núcleo) se emitía energía en forma de radiación electromagnética (fotones, si queréis expresarlo de otra manera) que dependía de la diferencia entre los números cuánticos de ambas órbitas, la de origen y la de destino. En las distintas órbitas podía haber más de un electrón, de acuerdo con unas reglas muy sencillas que debían respetarse y que podían expresarse en lenguaje matemático-físico atribuyendo otros números cuánticos a los electrones atómicos. Sin embargo, una de estas reglas, una de las más conocidas, el llamado principio de exclusión de Pauli, limitaba las posibilidades. No todo valía en el mundo cuántico de los electrones atómicos y el principio de exclusión afirma que en una misma órbita nunca pueden encontrarse al mismo tiempo dos o más electrones que tengan todos sus números cuánticos iguales. Una consecuencia inmediata de este principio es que las órbitas jamás podrán solaparse ni cortarse, pues entonces podría darse el caso de que dos electrones se encontrasen en el mismo punto en el mismo instante de tiempo y, en consecuencia, sus números cuánticos coincidiesen. De hecho, esto también explica por qué la materia de la que estamos hechos es casi en su totalidad espacio vacío.


En conclusión, que si el fundamento de nuestra máquina miniaturizadora no es otro que una sofisticada técnica para reducir la separación entre los átomos, podríamos encontrarnos con dificultades ya no únicamente técnicas, tecnológicas o ingenieriles, sino lo que es más grave aún, con dificultades de tipo teórico fundamental, al nivel más básico y profundo de la física que conocemos y cuyas leyes parecen regir el comportamiento del universo que habitamos...